La
tarjeta.
Había ido a casa de su amiga un poco contra su
propia voluntad, ya que sabía que luego de la cena ella querría salir en plan
“caza de hombres” y Ana no se sentía nada a gusto con ello. Tanto porque era
algo que nunca en su vida le había gustado en sí, como porque no le agradaba la
transformación como en metamorfosis morbosa (o “metamorbósica”, como pensaba
más ocurrentemente ella) en la cual mutaba la gente en esas circunstancias. Y
ese cambio paulatino y en crescendo de las personas, le producía una sensación
de rechazo latente, al igual que los efectos del alcohol bebido
indiscriminadamente y/o drogas diversas producían en las personas. En lo que
esos efectos transformaban a esas personas, que distaba demasiado precisamente
de ser vista como tales. De todos modos, Ana hacía mucho tiempo que no salía y
menos con una amiga, y entonces se había propuesto firmemente no quedarse sola
en casa; nada de leer o releer libros, ni blogs de desconocidos en Internet, ni
tampoco pispiar videos porno, ni ver películas o jugar juegos online, que era a
lo que últimamente y desde hacía bastante tiempo -quizás demasiado- se habían
tornado sus sábados por la noche. Y que aunque la reconfortaban en distintos
aspectos, la alejaban de esa cuestión tan supuestamente importante llamada
“sociabilizar”, que nunca había sido problema para ella sino al contrario. Pero
que ante su marcado rechazo por situaciones patéticas que presenciaba en
derredor casi por doquier, y su más marcado rechazo a determinadas personas
casi prototípicas de apariencia y gestos y actitudes como calcados además de
predecibles y patéticos, se estaba tornando ya no en un simple refugio sino más
bien en una suerte de aislamiento. Elegido como resguardo, pero aislamiento al
fin, y por ello no positivo al fin y al cabo, por la falta de interacción y
esas cosas tan necesarias para todos, al menos en dosis mínimas a discreción.
Había que salir, entonces, enfrentar la
realidad de la noche como fuera que se presentara, y preparándose de la mejor
manera posible. Aunque tampoco preparándose demasiado, ya que eso daría pie a
flaquear y por ende terminar atentando contra la firmeza del propósito a
lograr. Pero finalmente al menos ciertos astros parecieron alinearse y
enviarles una señal en medio de la batalla contra el espejo, ya que al
finalmente decidirse por un atuendo hasta pudo sentirse eso que llaman “linda”
(y que es otra gran batalla interior para ella) además de cómoda, y finalmente
sin excusas ni machaques mentales, salir. En el camino miraba a través de la
ventana del bus mientras escuchaba música en su celular, y por momentos
alternando la vista hacia los demás pasajeros jugando mentalmente a ponerles
diálogos entretenidos y divirtiéndose con sus propias ironías y sarcasmos. Al
llegar, su amiga la esperaba ansiosa e
insólitamente lista, pero siendo ello un logro propio de Ana, ya que había
calculado de antemano astutamente el tiempo que debía retrasarse como para
encontrarla así, y sin que pensara que ya no iría a buscarla. Intercambiaron
halagos una hacia la otra, picaron algo como para no ingerir alcohol con el
estómago vacío, y al fin se dirigieron al lugar en cuestión que esta chica
había elegido. El cual para Ana era casi completamente predecible, por
conocerla bien a ella y sus marcadas intenciones de “cacería” de siempre, y
entonces preparándose mentalmente para afrontarlo de la mejor manera posible y
con la mejor predisposición, dentro de lo posible.
Cuando finalmente llegaron, se sintió al menos
gratamente sorprendida ya que el lugar en cuestión no era tan estruendoso y
denso como había imaginado, sino que tenía dividida la cosa en “más estruendo”
y “menos estruendo” dando alguna posibilidad de elección y de sensación de
cierta comodidad, más que nada para ella. Apenas cruzaron el portal de ingreso
sintió como un leve calor al costado del cuello, mientras su amiga le avisaba
que ya había divisado a quien esperaba encontrar allí y por ende iría a su
encuentro. Lo cual significaba que ya no la vería en toda la noche, o quizás
cuasi milagrosamente en un par de horas para avisarle que no la esperara, que
era casi lo mismo. Volteó entonces con un dejo inicial de resignación hacia
donde sentía que venía ese calor de mirada furtiva –sus percepciones rara vez
fallaban, por eso ya lo sabía- y de repente su mirada se topó con una sonrisa
plena y muy atractiva, a escasos metros de donde estaba. Un tipo muy
prolijamente vestido y sentado en un gran sillón de cuero negro, elevaba su
trago hacia ella en lo que parecía un gesto de bienvenida acompañado por un gesto
ídem de su rostro coronado por esa sonrisa épica, y tras ello le hacía otro
gesto con una de sus manos para que se acercara. Ana dudó por unos segundos,
pero ante el panorama de aburrimiento deambulante (y con todo lo que ello
implicaba) que ya vislumbraba para su noche, decidió devolver la sonrisa
sutilmente, e ir hacia él. Nada había que perder, pensó, aunque sabiendo que
sí, pero decidiéndose a darse una chance de paz mental (por así decirlo, y
pensarlo, como en su caso en ese momento).
Apenas llegó ante el tipo, descubrió que era
visualmente aún más atractivo de lo que parecía, y pudo reconocer el aroma de
un caro perfume cubriéndolo como una suerte de halo agradablemente empalagoso.
Se puso de pie y la besó en la mejilla, presentándose muy correctamente e
invitándola a sentarse junto a él, y tras ella también presentarse y
agradecerle la invitación le sirvió un trago de su botella. Lo cual aceptó
aunque en realidad no había estado en sus planes beber alcohol, ya que tampoco
había estado en sus planes aceptar invitación alguna de especimenes masculinos
que encontrara por allí. Ni bien ambos estuvieron ya cómodamente ubicados, el
tipo comenzó a hablarle llenándola de preguntas sobre ella y su vida con un
interés que la sorprendió, casi sin darle tiempo siquiera a pensar en qué
responder o no. Pasaban los minutos, las horas, y ambos charlaban con
animosidad y entusiasmo notables, como sin percatarse de nada de lo que los
rodeaba. Poco a poco a medida que el diálogo avanzaba, él había ido avanzando
también en su búsqueda de contacto físico hacia ella de una manera tan sutil y
natural que no hubo posibilidad de resistencia sino más bien de respuesta
espontánea e igualmente natural. Toda la charla y las que se enarbolaban y
ramificaban de la misma eran sobre ellos mismos, cada quien con su curiosidad y
ansiedad por saber del otro todo lo que fuera posible, y celebrando en el
camino al descubrir coincidencias en gustos, afinidades en maneras de pensar, y
hasta también ciertas diferencias concretas que sorprendían al otro pero tan
gratamente que nada parecía aportar ningún tipo de distancia. Así, la noche se
hizo totalmente diferente y casi opuesta a lo que Ana había imaginado, y hasta
se pasó más rápidamente de lo que hubiera deseado, y de hecho había deseado, antes
de conocer a este tipo tan interesante.
Cuando ya comenzaban a encender las luces que
indican que hay que prepararse para salir, y aún inmersos ambos en los matices
cuasi embriagantes de su prolongadísima conversación y apenas con algo de
alcohol mediante, ella se permitió imaginar por unos segundos -aunque sin
quitarle su atención completa a él- que podría invitarla quizás a continuar
tamaña charla prolongando ese encuentro tan ameno en otro lugar, esa misma
noche o alguna próxima otra, y sintió cierta emoción nerviosa. Y su imaginación
también asomó por situaciones más íntimas – imaginablemente- pero apenas, ya
que prefería dejar esa posibilidad en manos del azar o lo que fuera que tuviera
que ser. Tras unos minutos más, él comenzó entonces a expresar lo contento que
estaba de haberla conocido, resaltando que hacía mucho o quizás demasiado
tiempo que no encontraba una mujer que además de hermosa fuera interesante e
inteligente y divertida, y cosas así. De esas cosas que suelen decir los
hombres cuando quieren alimentarle el ego y autoestima a una mujer con fines de
“levante”, pero que en este caso se manifestaban con una expresividad realmente
emotiva, emocionante. Así como lo fueron entonces durante el avance de esa
noche, todas esas cosas que usualmente hacen los hombres para acercarse más
físicamente a una mujer, como acariciar mejillas, acomodar y acariciar el
cabello y luego el cuello, tomar las manos y también acariciarlas, y cosas así.
Esas “cosas así” que en este contexto no eran “así”, porque acompañaban todo lo
demás y lo diferenciaban marcadamente. Entonces ella también le expresó su
alegría por lo propio, ya que tampoco esperaba ni imaginaba conocer a un tipo
tan interesante y atractivo y etcéteras que suman como cualidades y diferencian
del resto. Y al hacerse quizás el primer silencio entre ambos, durante el cual
Ana sintió que un temblor nervioso le recorría todo el cuerpo desde los pies
hasta las puntas del cabello, él le tomó las manos entre las suyas mirándola a
los ojos con su épica sonrisa iluminando el momento, y le pidió que le
prometiera algo. Esta vez ya sin pensar ella le dijo que sí, sin querer
imaginar ninguna de los millones de posibilidades que su mente ya tenía
instantáneamente enlistadas prestas a ser mentalmente revisadas una a una en
cuestión de fracción de segundos (ya que su cabeza para esas cosas es de una
velocidad realmente sorprendente). Entonces él delicadamente apartó una de sus
manos de las de ella, buscó algo en su bolsillo, y se lo extendió mientras
sostenía esa misma sonrisa y gesto de placer anterior. Era una tarjeta, y
abriendo las manos de Ana con las suyas la colocó dentro, y volvió a cerrarlas,
conteniéndolas entre las suyas. Y mientras Ana lo miraba ansiosa esperando que
le dijera cuál era esa promesa que debía cumplir, lo escuchó con toda su
atención.
- Es mi tarjeta… Prometeme que se la vas a dar
a tu amiga, la que vino con vos, y le vas a decir que me llame para salir
conmigo.
De repente todo lo que parecía, no era más.
Pero sus manos seguían entre las de ese tipo, y que seguía mirándola con sus
ojos ansiosos y emocionados de antes. Finalmente entonces esa lista de
posibilidades que no había querido desplegar ni pensar siquiera, se abría ante
sus ojos mostrándole todo a la vez, y se sintió mareada, abatida. Pero sin
perder la compostura, Ana le dijo que sí, que se lo prometía. Y después le dijo
que ya tenía que irse, con una amabilidad conmovedora, que él respondió con un
beso muy cerca de la comisura de los labios, diciéndole que era “increíble,
única”. Ana aprovechó que él se puso de pie muy enérgicamente, sin dejar de
sonreírle, y tomó como pudo impulso para hacer lo mismo, y él intentó
abrazarla, a lo cual ella con otro gesto conmovedoramente amable detuvo
colocándole una de sus manos sobre el hombro. Lo miró fijamente a los ojos sin
dejar de responder a su sonrisa, y se despidió. Apenas salió a la calle, el
aire fresco de la noche golpeándole la cara hizo que al menos recuperara un
poco la compostura, ya que el tiempo perdido no era opción posible. Dejó caer
la tarjeta en un charco de agua que corría ligera y caprichosamente por el
borde de la vereda, y comenzó a caminar. Al menos había cumplido la cuota de
“sociabilización” necesaria como para poder decidir libre y certeramente
quedarse en casa a hacer con su tiempo libre lo que le diera placer. Su placer,
con el cual no perturbaba a nadie, ni nadie la perturbaba.
Al menos eso.
Eso pensaba, mientras imaginaba mentalmente
las miles maneras, entre millones, en que podría haber accionado. O
reaccionado. Y sin que ninguna valiera la pena. Ni siquiera ésta, pero ya no
tenía más ganas de pensar en eso.
2 comentario/s:
tantas veces, responder positivamente a una llamado a la "sociabilizacion" termino casi como en el texto...!!!
Gracias Natalia..!!
Luis
Lamentablemente... muy. Quién sabe qué pasará por las mentes de esos tipos de personas... pero a quién le importa, no? A mí no.
Gracias a ti por la lectura, Luis. Muchas!
N.
Publicar un comentario en la entrada