Silencio, hospital.


A veces medio dormidos, o medio despiertos, sonámbulamente a plena luz del día o en el centro de la noche negra... nos dejamos. O nos permitimos demasiado. O no nos perdonamos nada. 


El vaso y la mitad medio llena o medio vacía. El ver cómo gente se repite a diario interminablemente y durante una vida entera, por temor al cambio o por temor a sí mismos. El circo de los que hacen y se ríen siempre de lo mismo. Y el escarabajo empujando religiosamente su bolita de mierda. Y la mariposa esperando en gusano para salir a volar hermosamente. 


Los techos de las habitaciones de hospitales tienen su encanto. No, no lo tienen. Se lo encontramos por tener que mirarlos inevitablemente, por no poder cambiar de posición. La pérdida de la intimidad es de lo peor que puede pasarte. Pero no. Lo peor es un complejo de distintos complejos que te rodean, y que no son tuyos en realidad. 


No necesariamente ocurre en un hospital tampoco. Hay gente postrada por doquier, y parecen no darse cuenta. No, no lo creo. Lo saben, pero juegan a que no. Porque sienten que no les queda otra.


Y lloran sin lágrimas, por dentro. Como todos, pero diferente.


Esa diferencia que no se ve, ni se siente. Pero está.